Rojo, todo rojo.

La cena había sido el desenlace de una noche impecable. El paseo por urbanidad nocturna, el teatro y la charla. Todo había conspirado a favor del disfrute de la velada. El hotel los recibía vistoso y elegante.

- Me muero de calor.
- Y.... Sacate la ropa ¿No? Es lo más lógico.
- No me gusta sacarme la ropa sola. 

Sentado en el sillón, de piernas cruzadas y con una copa de vino en la mano la miraba. Se asomaban un par de botas negras debajo de sus pantalones de vestir color gris apagado, la camisa oscura era dividida en dos por una prolija corbata de color rojo. Bajó la mirada y la fulminó por sobre sus lentes de marco fino.

- Es impresionante lo caprichosa que estás hoy. Vení. 

Vestido strapples rojo, volados hasta la altura de los muslos. Una cinta de color púrpura terminada en un delicado moño envolvía su cintura. Ella amaba su propio pecho casi tanto como él sus piernas, y así vestida era una perfecta fusión entre una femme fatale y una princesa adolescente. Caminaba hacia él en una clara señal de desafío, sus ojos fijos en los suyos, buscando con vehemencia una muestra de debilidad. Así era ella, así era él. 

Cuando la distancia dejó de ser tal cosa, y la bestia roja abalanzándose sobre su presa abría la boca, un par de dedos, delicadamente con firmeza elevaron su mentón para poder recorrer e inspeccionar el cuello del demonio en llamas. A ese cuello, lienzo infinito para pintar de besos y grabar mordidas, le estaba faltando algo. 

Sin más expresión que la pronunciación en correcta secuencia de las letras que componían la palabra, dijo - Cascabel. Y eso bastó para que el inminente monstruo bajara la cabeza y se dispusiera al cuarto de baño de donde volvería enseguida con el citado instrumento de entretenimiento de su amo.

Terminó su copa y la dejó sobre la mesa, bajó la pierna que cruzaba sobre la otra mientras con un ademán le pedía que se acercara. Le miraba los pies, sus caminar hablaba de ella todo lo que ella misma no se animaba a contar. Su mirada baja y complaciente se hacía eco en la habitación mientras el vestido absorbía el calor emanado por la piel donde la sangre fluía a montones.

La tomó del pelo, el sacudón hizo sonar el cascabel. Un suspiro ahogado se escapó de su garganta. Se acercó de golpe a ella mientras la sostenía desde la cintura con la otra mano y la mordió, afirmó su mandíbula hasta sentir el suave corte en la piel que cubría su clavícula. Palpar el estremecimiento de su cuerpo y poder apreciar sus manos arrugando su propio vestido le tensaba todos los músculos del cuerpo. 

Inmediatamente la acostó boca abajo sobre su falda, el sillón era grande pero igualmente se movió hacia adelante antes de hacerlo. Podía sentir el apretado respirar de su vientre contra sus piernas y también el leve temblor placentero de sus propias manos que morían por arremeter en contra de esa mujer-demonio. 

Hubo una pausa de contemplación, de suspenso, de incógnita. De un no saber, de observar, de sentir. Quería verla así, sentirla así, saberla así. Aprenderla.

Sin mucho preámbulo subió su vestido por la espalda, no más de lo suficiente para descubrir su ropa interior y sus piernas en su entero. Presionó la mano que estaba sobre su espalda y le acarició con fuerza las piernas. Mantuvo agarrado su cuerpo con ambas manos mientras la recorría con firmeza. Quería que ella sintiera con claridad el momento en el cual dejaría de sentir una de las dos manos que la poseían. Tomó su vestido nuevamente, apoyó firme contra la espalda dejando bien descubiertas sus nalgas y elevó alto la mano derecha.

La mantuvo ahí, en lo alto. La prolongación del momento de suspenso llevó a una reacción de lo más excitante a su sentir. La bestia de fuego rojo arqueó su espalda en un acto hermoso de súplica por el azote. Aún habiendo hecho hervir gran parte de su torrente sanguíneo en esa imagen que se grabaría a fuego en sus más reservados recuerdos, el caballero, en total rechazo de órdenes externas a sus designios, bajó suavemente la mano y empezó a acariciar con ternura todo el recorrido de su cuerpo descubierto. Caricias tiernas y de ánimo cariñoso la dibujaban. De repente, por decisión de puro instinto aleatorio, mientras su mano subía desde su pierna pasando los muslos, rápidamente y en un movimiento relámpago llegó el azote. Un mano firme había golpeado con elasticidad la piel tensa del ahora noble demonio rojo. La misma mano se dispuso a repetir ese acto en variantes conexas e inconexas, de firmeza, potencia, cantidad y calidad. El acto era siempre igual y a la vez siempre diferente y en conjunto eran uno. El sonido de la mano a chocar la blanca delicada piel, el hermoso temblor del cuerpo de ella cuando ese dolor placentero hacía lugar en sus más íntimas fibras, el sonido ahogado de su voz en expresión de su disfrute, la textura, el enrojecimiento, el calor y la humedad que se sentía cada vez más en el aire. 

Cuando el rojo de su piel había logrado tono similar al de su vestido, siendo pleno consciente de que esa misma piel estaba por extremo sensible, empezó con amables manos a acariciar su entrepierna. Con el bikini en su lugar, por supuesto, no sería de otro modo mejor disfrutado el momento que pudiendo hacer empapar su propia ropa. Los azotes se intercalaban ahora con suaves y rápidos movimientos de curiosos dedos que hacían incursiones dentro de sus más entrañables deseos carne. El cuerpo acompañaba, sus manos se habían aferrado a la pierna izquierda de él que pisaba firme la alfombra. Tuvo la necesidad de tomarle por las muñecas y ponerle los brazos a la espalda para poder continuar con su juego sin que ella cayera al suelo. Llegado el punto decidido, vislumbrándose el pacto silencioso entablado entre suspiros y gemidos, habiendo disfrutado a montones del castigo de su amante, tomó de nuevo su pelo por la nuca y tiró hasta tener su oído al alcance de su voz: 

- Sin ropa, a la cama. Ahora.

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